“El riesgo no es volvernos menos humanos, sino perder la libertad de decidir si seguimos siéndolo”, así define Neil Harbisson el terreno que explora, según la entrevista en D, de La Repubblica. Harbisson es artista y activista, y Guinness World Records lo recoge como el primer cíborg reconocido oficialmente, un título que llegó después de que la autoridad de pasaportes aceptase que su foto incluyera la antena.
Para entender qué significa eso, conviene empezar por el principio. Harbisson nació con acromatopsia, un trastorno hereditario poco frecuente que afecta a la visión del color, pero en 2004 empezó a usar una antena implantada en el cráneo que detecta la frecuencia de la luz y la convierte en vibraciones sonoras que se transmiten a través del hueso. Cada color corresponde a una frecuencia distinta, aunque al principio tenía que interpretar los sonidos. Cuenta que después de años su cerebro empezó a procesarlos como información perceptiva, y que con el tiempo consiguió incluso soñar en color.
Su idea inicial era sencilla: distinguir colores. Ocurre que acabó percibiendo frecuencias que el ojo humano no capta, como el ultravioleta y el infrarrojo, y lo que era un límite se transformó “en la oportunidad de desarrollar un sentido nuevo” según sus propias palabras. Para él, ser cíborg “define simplemente el hecho de que exista una tecnología integrada, en el cuerpo o en la mente, que se ha convertido en parte de mi identidad”, no un dispositivo accesorio o externo.
En Italia fue invitado al festival Là Fuori de Roma, celebrado del 11 al 13 de septiembre de 2026, y después al Over The Real International Video & Multimedia Art Festival de Lucca, que lo presenta como artista británico con ciudadanía española y que se celebró del 26 de septiembre al 4 de octubre de 2026. Para llevar sus investigaciones fuera, creó la Cyborg Foundation, que Xataka Ciencia ya presentaba en 2014 como una iniciativa para investigar y defender los derechos de las personas cíborg.
Otra cualidad es que también trabaja en sentir el tiempo. Para saber qué hora es ya están los relojes, y lo que el busca son “ilusiones temporales”, al modo de las ópticas que engañan a la vista. Con ese fin elaboró la Solar Crown, que aprovecha el calor del cuerpo para dar una vuelta alrededor de la cabeza en 24 horas. Asegura que variando la velocidad puede generar sensaciones distintas del paso del tiempo. Sin embargo, la versión que entonces probaba era un collar, con un punto de calor que da la vuelta al cuello en 24 horas, y que una primera versión se había descartado porque le quemaba a las seis de la tarde.
En cuanto a su actividad artística, sostiene que es “una forma de libertad” que permite experimentar antes de saber qué es algo: “La ciencia se pregunta si una cosa es posible, el arte lo intenta”. Y cuando el cuerpo se vuelve un espacio de experimentación, entran en juego los derechos. A su juicio, falta reconocer “el derecho a modificar voluntariamente nuestro cuerpo, acceder a la tecnología que pasa a formar parte de nosotros y proteger los datos generados por nuestros sentidos e implantes”. Si una tecnología se convierte en parte integrante de nuestra corporeidad, añade, no debe tratarse como un dispositivo externo.
De ahí el salto a la inteligencia artificial. Para Harbisson, un sentido nuevo cambia la manera de percibir el mundo, mientras que la IA cambia cómo se crea o se comunica, y que los dos cuestionan la frontera entre lo biológico y lo tecnológico. ¿Y si un producto de la tecnología, creado por humanos, manifestase voluntad propia? Su convivencia con la antena, admite, sigue siendo algo que intenta comprender. A veces ha discutido con ella, pero la define como “una estupenda compañera de piso” que “tiene su habitación y su mesa”. Su modo de razonar parece expresar una vida propia, lo interroga sobre su existencia de cíborg y se ha convertido en un experimento filosófico, además de tecnológico.
Dicho de otra forma, la pregunta de fondo es si seguiremos llamándonos humanos si pudiéramos elegir qué sentidos modificar. Como individuos, él cree que sí, aunque la humanidad quedaría menos definida en lo biológico, y prevé que los implantes como el suyo serán cada vez más comunes, y que el cambio más significativo será psicológico: sentir la tecnología como parte de lo que somos. Añade que cuando empecemos a diseñar nuestros sentidos y a elegir cómo percibir la realidad “la idea de una corporeidad inmutable será difícil de sostener”. Aún así, se guarda una advertencia final: si empresas o gobiernos controlaran los implantes o la IA, las tecnologías nacidas para ampliar nuestras capacidades corren el riesgo de convertirse en instrumentos de control.
Foto | re: publica (vía Wikimedia Commons CC BY-SA 2.0)
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