20 camiones de plantas que frenan tormentas: este es el experimento que demuestra por qué conviene restaurar las marismas salinas

  • Investigadores neerlandeses transportaron 20 camiones con 66 bloques de marisma real hasta el Delta Flume de Deltares, en Delft

  • El estudio, en Nature, mide por separado lo que aguanta el suelo y lo que cede la vegetación frente a olas de hasta dos metros

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Redacción Xataka Ciencia

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Trasladar 306 metros cuadrados de marisma salina intacta hasta un canal de olas y someterlos a temporal extremo suena a experimento improbable, pero es lo que han hecho investigadores de Países Bajos. El estudio se publicó en la revista Nature el 21 de octubre de 2026. Los bloques proceden de la reserva de Peazemerlannen, en la costa frisia del mar de Wadden, y viajaron en unos 20 camiones hasta el Delta Flume de Deltares, en Delft. La pregunta: hasta dónde aguanta una marisma cuando el mar se pone violento.

Una marisma a escala real. Los investigadores extrajeron 66 bloques de dos por dos metros, con profundidad de entre 40 y 70 centímetros, de la reserva de Peazemerlannen, un humedal de 85 hectáreas junto a los pueblos de Paesens y Moddergat en el noreste de Frisia. La cosecha se hizo al final de la estación de crecimiento, en septiembre y octubre de 2023. Cada bloque pesaba entre tres y seis toneladas y albergaba vegetación dominada por Elymus athericus, con menos presencia de Atriplex prostrata. "Para mí, ha sido una experiencia única en la vida", recuerda Pim Willemsen, investigador de la Universidad de Wageningen y de Deltares y primer autor del estudio.

Los bloques viajaron en unos 20 camiones hasta Delft, donde se ensablaron en el Delta Flume, un canal de 300 metros de largo, cinco de ancho y casi diez de profundidad capaz de generar olas de hasta dos metros. El experimento, encargado por la autoridad de aguas Wetterskip Fryslân y financiado por el Programa de Protección contra las Aguas Altas de Países Bajos, expuso la marisma a oleaje creciente durante unas 29 horas, 21 de ellas con la vegetación en pie y las ocho finales con la biomasa aérea retirada para medir el sustrato por separado.

El suelo aguanta. La marisma se sometió a olas de 0,75, 1,25 y dos metros de altura. La conclusión más firme del trabajo es que el sustrato, formado por sedimentos y materia orgánica, resistió el castigo con erosión mínima. "Nos sorprendió lo fuerte que fue la marisma bajo estas olas extremas, con casi ninguna erosión durante el experimento", explica Willemsen en la nota de Deltares sobre el experimento. Las mediciones en 32 puntos fijos registraron un descenso medio de la superficie de siete milímetros tras 21 horas de oleaje, a razón de 0,33 milímetros por hora.

La cifra es del mismo orden que la de estudios previos con olas menores, donde la superficie bajó 4,4 milímetros. La red de raíces, concentrada en los diez centímetros superiores del suelo, refuerza la cohesión del sustrato y sostiene esa estabilidad incluso con olas extremas. La constatación cuadra con lo observado en huracanes reales: tras Katrina y Rita en 2005, que erosionaron 527 kilómetros cuadrados de marismas, sobre todo salobres, en la costa de Luisiana, las marismas salinas permanecieron estables.

La vegetación cede. La biomasa aérea cayó un 33% tras el primer ciclo de olas y se desplomó hasta el 20 o 25% del valor inicial tras 21 horas de exposición; la longitud de los tallos se redujo un 47%. Aun así, las plantas siguieron contribuyendo a frenar el oleaje. Con olas de 0,75 metros, la vegetación aportó una atenuación de entre el seis y el 22%; con olas de dos metros, no pasó del 6%. "El daño progresivo a la vegetación depende de la duración de la exposición a olas más altas, asumiendo que el daño considerable comienza con una altura de ola de medio metro", incide Willemsen.

El estudio concluye que la atenuación por la vegetación supera el 10% y puede alcanzar el 50% en costas de baja energía, con olas de hasta un metro, pero no rebasa el 10% donde las olas superan el metro. Por eso el estudio "respalda la petición de proteger las marismas donde actualmente existen y de restaurar las antiguas marismas salinas, cuando proceda, para mejorar su contribución a la protección contra inundaciones".

Lo que ahorra y lo que se pierde. En costas de alta energía, donde la vegetación aporta poco, el sustrato sigue en pie y eso ya ahorra dinero: evitar un kilómetro de dique con una elevación de 20 centímetros gracias a las marismas ahorra 1,4 millones de dólares en paridad de poder adquisitivo. La atenuación del oleaje, además, puede compensar décadas de la subida del mar prevista para 2100, de unos 0,49 metros. "Las marismas no pueden sustituir a los diques. Deberíamos aspirar a una defensa costera híbrida, en que diques y marismas vayan de la mano", matiza Willemsen en declaraciones a la agencia SINC.

El panorama global no acompaña: entre 2000 y 2019 se perdieron 719 kilómetros cuadrados de marismas salinas en el mundo, con epicentro en la costa atlántica de Estados Unidos y el Golfo de México. La subida del mar añade presión. "Las marismas salinas pueden adaptarse al aumento del nivel del mar si retienen suficiente sedimento", explica Willemsen; cuando el sedimento escasea, la marisma deja de crecer y empieza a inundarse.

Otra historia en España. El experimento se diseñó para olas extremas en un canal confinado, y sus autores son los primeros en marcar el límite. Vicente Negro Valdecantos, catedrático de la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de la Universidad Politécnica de Madrid, advierte en SINC que las marismas españolas, inundadas sobre todo por la marea, "no tienen relación con el oleaje extremo que se ensaya", y que, en terreno natural, los resultados "serían probablemente peores". Aun así, valora el trabajo como "de mucho valor e interesante".

Willemsen es prudente sobre España: como muchas de sus marismas están en costas abrigadas, espera oleajes moderados, aunque "para sacar conclusiones habría que evaluar mejor la situación local". Jesús M. Castillo, catedrático de Ecología de la Universidad de Sevilla que investiga las marismas del golfo de Cádiz, pone el acento en el umbral: "esta capacidad de protección tiene un límite, un umbral que no se debe pasar en la intensidad de los temporales si queremos que las marismas sigan protegiéndonos".

Las marismas españolas, como las del Odiel, la bahía de Cádiz, Santoña o Doñana, son en su mayoría costas de baja energía, justo el escenario donde el experimento sitúa la mayor aportación de la vegetación. Ese papel protector se mide, sin embargo, cuando las marismas se pierden. Un análisis basado en imágenes de satélite publicado en febrero de 2026 concluye que las marismas de Doñana podrían desaparecer en unos 60 años si la tendencia actual no se revierte, por la combinación de la sequía y la presión sobre el acuífero.

Foto | Helène van Rijn

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